Arrepentimiento y Perdón

Día del Arrepentimiento y el Perdón.

Antes de entrar en detalles sobre las fechas que más se destacan en el recién presentado calendario cubano, es necesario dedicarle un poco más de tiempo al término identificado por su forma más abreviada en hebreo como Yom Kippur, pues es en sí el hecho que mayor importancia encierra en ese escenario que irá tomando forma ante nosotros en un futuro cercano. Por definición es el día del arrepentimiento, la expiación (acto visible que muestre el arrepentimiento) y el perdón, establecido por Dios no solo para los judíos sino ahora también para los cubanos, para quienes tendrá lugar según el calendario el 25 de noviembre próximo. 

Cuando hablamos de arrepentimiento en lo primero que pensamos es en que hay que arrepentirse de algo, no hay otra opción, y si hago referencia al tema es porque su importancia es crucial en este momento que vivimos los cubanos, aunque desafortunadamente no sea del agrado de quienes sentirán la necesidad de ponerlo en práctica. La primera reacción es la del rechazo, nadie quiere decidirse, pero no es menos cierto que una vez pasado el momento difícil la sensación de liberación no se hace esperar.

Es una realidad que nuestras nuevas generaciones han crecido ignorando la mayoría de los hechos en que tomaron parte muchos cubanos desde los primeros años de revolución, incluso sus propios familiares, situaciones en extremo lamentables que establecieron deudas con el pasado y que el hecho en sí de enfrentarlas de seguro que representaría un gran alivio tanto para víctimas como para victimarios. Sin duda que la condición postrera sería siempre mejor que la primera. El recordar algunas de esas historias de nuestro pasado, historias repetidas para muchos, será algo que ayude a quienes solo necesitan una pequeña ayuda para tomar la decisión de aligerar la carga que por tantos años han llevado sobre sus conciencias.

Motivado por situaciones de familia que requerían mi presencia, en lo que va de año he tenido que ir a Cuba en dos oportunidades. Pude darme cuenta que ambos han sido viajes con un profundo significado, muy diferentes al resto de los que he dado por espacio ya de unos veinte años. Sentía que estábamos entrando en una etapa de nuestra historia un tanto diferente, y aunque nada pareciera haber cambiado percibía que algo tendría que pasar, sentimiento que nunca antes había sido tan marcado como en esta ocasión. 

Cuando vemos que hay ciclos en nuestra historia que comienzan a repetirse y dichos ciclos se identifican por hechos que en el pasado fueron severamente condenados a la vez que motivo de sufrimiento para muchos, pero que al volver nuevamente muestran una aceptación tal que se ignora por completo ese sufrimiento pasado, sufrimiento ante el cual el esfuerzo humano se ve incapaz de producir el cambio necesario y definitivo para remediarlo, es en ese momento que Dios decide intervenir porque el hombre por su propios medios no puede alcanzar esa liberación que tanto necesita. Un día los cubanos habían sido despojados de sus propiedades, de sus negocios, hasta los más modestos negocios de familia de los que dependía la vida de un elevado número de la población. De buenas a primeras lo perdieron todo, no les quedó nada de lo que habían logrado tras largos años de duro trabajo y sacrificio.

Décadas más tarde nos encontramos que eso que antes fue una pesadilla para muchos aparece de nuevo, pero esta vez con un maquillaje un tanto diferente y convirtiéndose en sueños de prosperidad para muchos, aparente mejoría que llega a considerarse incluso como un logro de la revolución. ¿Qué se hace entonces con aquellos hechos del principio que condenaron a tantas familias a la destrucción? ¿Cómo se justifican tales hechos del pasado con lo que ahora se permite?

Una historia de mi querido pueblo de Coliseo.

Recién llegado a Cuba en el primero de mis viajes de este año a principios de marzo, hablando una mañana con mi madre, le pregunté desde cuando no venía por la casa la chinita de una familia de Coliseo cuyos padres habían tenido bodega en el pueblo, familia muy querida por todos a quienes conocemos desde que yo era niño y cuya historia siempre había querido conocer pero me había sido imposible. Según me dijo mi madre hacía ya mucho tiempo que no venía, algo que antes solía hacer con frecuencia. Lamentó no tener ningún teléfono adonde llamar ni a nadie en mente a quien preguntarle para ver si podía verla antes de irme pero de todas formas estaría al tanto.

Seguí contándole sobre el grupo que había comenzado en Facebook hacía casi un año con la intención de reunir a la gente del pueblo, a la vez que le mencionaba nombres de personas que ella con seguridad conocía, como en efecto sucedió. Enfrascados como estábamos en la conversación cuando de repente tocaron a la puerta y allá fui yo a abrir, pero cuál no fue mi sorpresa cuando me encontré que era la chinita de quien justo estábamos hablando. Me parecía increíble verla allí sin que nadie le hubiera avisado que yo había venido, y el encontrarme fue lo menos que ella se podía imaginar. Con semblante triste nos contó con bastante detalle la historia de sus padres y de lo tanto que habían luchado hasta llegar a tener aquella bodega en Coliseo; nos contó también sobre su niñez, la que en parte había tenido lugar en China, relatos realmente conmovedores.

Cuando vemos personas como estas, gente sencilla y humilde llegadas de tierras tan lejanas, de cultura y lengua tan diferentes a la nuestra, quienes tras vencer tantas dificultades y haber llegado a alcanzar una cierta seguridad con el fruto de su duro trabajo, de haber encontrado un lugar entre nosotros sintiendo que muchos de los nativos se habían convertido en el familiar que tan distante había quedado, y que de buenas a primeras se vieran cayendo de nuevo víctimas de la llegada del comunismo. Es algo duro realmente. Solo hay que intentar ponerse en su lugar para empezar a comprender lo que representa.

Ella me dijo que si tenía tiempo pasara por el museo de Cárdenas porque estaban exhibiendo unos documentos y algunas fotos de sus padres que le habían pedido porque esa semana se celebraba la semana de la cultura asiática. Lo cierto es que no pude ir, aunque después de todo me alegré pues me hubiera resultado un tanto difícil después de escuchar tan de cerca sobre el triste pasado que habían vivido y cuyas fibras habían sido tan removidas, no quería alimentar más la rabia que sin poder evitarlo iba tomando fuerza en mi interior contra quienes habían provocado tanto sufrimiento. Me preguntaba con qué objetivo estarían siendo expuestas aquellas fotos en el museo, sería acaso con el de rendirle alguna especie de tributo o el de remediar en cierta medida el daño provocado en el pasado. Si ese era el propósito no creo que fuera suficiente para lo que ellos merecían realmente.

Recuerdo uno de los comentarios que un día compartió en nuestro grupo de Coliseo una hermana suya que desde hace varios años reside fuera de Cuba cuando dijo lo tan difícil que le había resultado en uno de sus viajes al pueblo, ocasión en que la familia que vive actualmente en el lugar le había permitido entrar, allí mismo donde estaba la bodega y de lo que guarda tantos recuerdos. Dijo haber soportado solo unos instantes pero tuvo que salir de prisa pues le resultaba imposible permanecer allí, cada rincón donde posaba su mirada le traía un recuerdo doloroso. Ese día pensé mucho en ella, intenté meterme en su realidad imaginando cuan diferente hubiera sido la vida de su familia de no haber sido golpeada tan duramente.

Uno trata de imaginar cómo sería para ellos el día cuando se aparecieron con la noticia de que aquella bodega que tanto sacrificio les había costado ya no les pertenecía porque pasaba a manos del gobierno. ¿Vendrían avergonzados porque no les quedaba más remedio que obedecer órdenes o lo habrán hecho disfrutando el momento como sucedería con tantos otros? ¿Quién puede entenderlo aunque se haya intentado mostrar como algo tan justo y necesario? Sin duda que para cometer crímenes no hace falta que haya derramamiento de sangre, éste había sido uno de ellos. Es por ello que creo que para hablar de justicia no hay mejor manera que exponerla a la luz para ver si realmente ha existido, seguros de que es el tiempo el que da las respuestas más claras a cualquier pregunta que formulemos. Bastante que ha transcurrido ya desde entonces.

Cuando vamos rememorando estas realidades que se han vivido en nuestra tierra creo que para muchos de los que aún defienden aquel proyecto llega un momento en que se hace necesario hacer un alto y dejar de proclamar tanto los logros obtenidos para enfocarse un poco más en los daños provocados a lo largo de todos estos años, daños que parecen ser cuantiosos, al tiempo que vamos descubriendo a esos héroes anónimos que vivieron en escenarios tan humildes, pasando inadvertidos entre la multitud, pero sobre cuyas espaldas cayó el peso de leyes injustas que destruyeron por completo sus vidas allí donde creyeron que al fin habían encontrado la paz.

La forma en que me encontré con esta buena mujer fue lo que me hizo pensar que no había sido un encuentro fortuito, todo lo contrario, había tenido lugar en circunstancias tan únicas que sin duda valía la pena encontrarle propósito en honor a sus protagonistas. El que se apareciera después de tan largo tiempo, lo que pudo haber hecho días más tarde cuando ya no me hubiese encontrado. Todo aquello me daba por pensar que había un propósito más elevado, para mi no había otra explicación. El encontrarla fue como un capítulo más que le agregaba a la reconstrucción del pueblo en ese grupo de Facebook que habíamos comenzado, pero no un capítulo cualquiera, sino uno decisivo. De seguro que nadie hubiese provocado tal impresión con un comentario que fuera tan real como lo que había escuchado de los labios de alguien que lo había sufrido en carne propia.

Por supuesto que el grupo de “Somos de Coliseo” había cumplido su propósito, al menos para mi así ha sido, allí tenía la prueba que me lo confirmaba. Su historia me sirvió para darle más vida al resto de las historias de otras familias, como lo fue la de Vicente Sánchez, la de Pepe Vega, el taller de Soler, el bar de Chefa, la zapatería de Narciso, la farmacia de Jaime, la tienda de Merino, la panadería de Clemente y tantos otros que vivieron experiencias similares en que lo perdieron todo. Es realmente larga esa lista que tan recientemente estuvimos completando en el grupo, familias que recibieron aquel duro golpe que les cambió por completo la vida, de los que muchos ya no están entre nosotros, pero están sus descendientes que no han podido olvidar, esos que sufren al pensar lo que aquellos tuvieron que soportar. Todos habían sido víctimas de aquella semilla de la destrucción que se había decidido sembrar en nuestra tierra el 25 de noviembre de 1956.

Para aquellos que piensan que para seguir adelante lo mejor es olvidar, no se dan cuenta que eso es algo imposible, porque la realidad nos demuestra que quienes han sufrido en carne propia los embates esa la política de mano dura que se implantó en Cuba no lo han podido lograr a pesar de los años transcurridos desde entonces. No creo que haya política de rectificación de errores que un estado pueda establecer que sea válida ante una situación como la nuestra, es un recurso que resulta demasiado impersonal porque aunque hayan sido las leyes que se establecieron las que hicieron blanco en tantos cubanos, son los rostros de los autores los que las víctimas guardan en sus mentes, por lo que es la acción de cada individuo la que ahora se requiere en su intento de mostrar su arrepentimiento por el daño provocado, aunque el hecho en sí no llegue a reemplazar lo que corresponda a la justicia resolver.

Si ante un simple pisotón que sin intención alguien nos dé causa tan buen efecto en nosotros una frase de disculpa acompañada por el gesto compasivo que lo reafirma, hecho que viene a ser como un bálsamo para el malestar que puedan habernos causado, cuánto más si el golpe que nos dieron fue intencional y nos dejaron una herida por la cual hemos sangrado durante años. Esa realidad de muchos precisa que se haga algo y eso es lo que al parecer Dios ha tenido en cuenta estableciendo para los cubanos su día de Yom Kippur, su día para el arrepentimiento y el perdón.

Ha llegado el tiempo de que comencemos a limpiar nuestro pasado de la tanta injusticia que arrastra a la vez que se impide que el presente la siga acumulando. Es un tiempo que precisa de actos de un valor de naturaleza diferente nunca antes contemplados por los ciudadanos de una nación pero cuya importancia llegan a convertirlos en indispensables. No es el espíritu de la condena el que deba encontrar lugar en los corazones en este momento, por muy legítimo que sea dado el alcance de los actos por los que aún sufren muchos de nuestros compatriotas. La realidad nos ha demostrado que no es el condenar lo que nos conduce a la victoria porque lo cierto es que tras años tratando de conquistarla no la hemos alcanzado aún. Piensen que harán como un receso en esa larga espera de que un día se haga justicia y dejen todo en manos de Dios, aunque no sepamos cómo ésta pueda manifestarse. Dejemos que sea ÉL quien se encargue de hacer justicia, que sin duda es necesaria, conscientes que la justicia divina en ocasiones llega mucho más allá de lo que como humanos hayamos podido concebir.
El propósito de Dios es apartar al hombre del mal camino y traerlo de nuevo al camino de la justicia, pero es el propio individuo el que decidirá lo que suceda con su vida. 

Historias como ésta serán las que iré compartiendo para ayudar a quienes necesitarán tomar una de las decisiones más importantes de su vida. Quien se sienta libre de culpa que permanezca tranquilo, confiando que el espíritu de Dios será el que se encargue de ir tocando los corazones de acuerdo a su necesidad y propósito.

Por ahora los dejo meditando en Romanos 12:17 al 21 (DHH)

17 No paguen a nadie mal por mal. Procuren hacer lo bueno delante de todos.
18 Hasta donde dependa de ustedes, hagan cuanto puedan por vivir en paz con todos.
19 Queridos hermanos, no tomen venganza ustedes mismos,
sino dejen que Dios sea quien castigue; porque la Escritura dice:
«A mí me corresponde hacer justicia; yo pagaré, dice el Señor.»

20  Y también: «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer;
y si tiene sed, dale de beber; así harás que le arda la cara de vergüenza.»
21  No te dejes vencer por el mal. Al contrario, vence con el bien el mal.

 

Enlace Parte I

Comentarios

  1. Aymee Fuentes says:

    Como siempre alentador y esperanzador……me encantó más cuando también siento que se acerca nuestro tiempo……Gracias….!!!

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