El 17 de Diciembre de 1982 Dejaba Atrás a Mi Patria

Courtesy of Joe Ravi - CC-BY-SA 3.0

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Diciembre 18 de 1982. Aeropuerto de Orly, Paris.
Después de un largo viaje y con un frío que partía los huesos allí me esperaba Marie Antoinette y su padre para llenar ese vacío que se siente al llegar solo a lo desconocido. El vuelo de la Habana a Madrid no había podido aterrizar en el aeropuerto de Barajas debido a una tormenta de nieve y tuvo que seguir hasta Barcelona donde esperamos unas dos horas hasta poder regresar a Madrid. Nos habían desviado justo a la ciudad desde donde había recibido la primera carta de Soledad Martínez, quien nunca más me había escrito, y ahora me estaba esperando en Paris la única persona entre las que ella me había indicado escribir y con quien había mantenido contacto después de varios años. Allí le agradecí en silencio todo lo que sin ella saber había hecho por mi, sobre todo el viaje que estaba realizando en aquel momento, única vía disponible para salir de Cuba. Quién sabe si habría muerto, no tenía la menor idea de lo que había pasado con ella, pero el agradecimiento estaba en mi corazón. Llegué a Madrid con el tiempo justo para tomar el vuelo de Air France rumbo a Paris.

François Mitterrand presidía un gobierno socialista desde hacia poco más de un año, hecho que había dejado una atmósfera de esperanzas en la familia que según nuestros planes más tarde se me uniría, pensando además que las relaciones entre Cuba y Francia serían más favorables para cuando pudiéramos regresar a visitar a la familia que nos quedaba atrás. Hasta ese momento no sabía que entraba a Francia con una visa que tendría validez solo por tres meses a partir de la fecha de entrada y que la permanencia en el país estaba asegurada tras una petición de asilo político, aunque el haberlo sabido antes no hubiese hecho ninguna diferencia pues ese era el mecanismo establecido. Mi cuñado que había llegado a Francia antes que yo nunca mencionó nada sobre aquellas gestiones pues nunca las realizó, ya que se pudo ir a México antes de vencerse los tres meses y desde allí había pasado a los Estados Unidos, posibilidad que a mi llegada ya no existía. México ya no aceptaba más cubanos con estatus de turistas provenientes de Francia.

Enseguida me llevaron a la OFPRA, Oficina Francesa de Protección a los Refugiados y Apátridas, categoría que confieso que me dolía, y por supuesto que solo por la Patria. Allí se quedó mi pasaporte y en su lugar recibí un documento de viaje como refugiado donde se especificaba bien claro que podría viajar a cualquier país excepto a Cuba, mientras existiera allí un gobierno comunista, que entonces solo llevaba veintidós años en el poder. Y Estados Unidos tampoco se arriesgaba a dar visa a cubanos que tuviesen asilo político por el temor a que después no quisieran regresar a Francia. Con esta nueva información que antes desconocía se habían venido abajo nuestros planes de regresar a Cuba a visitar la familia una vez que estuviésemos todos en Francia, y eso era algo que sabía representaba mucho, sobre todo para mis padres que de emigrar caerían también bajo la misma categoría de refugiados. Y como refugiado el gobierno me daba facilidades para reclamarlos, además de recibir muchos otros beneficios. Ante este cambio en la realidad que se presentaba puse todo en manos de Dios con la confianza de que EL lo arreglaría de la mejor manera. Aún con los días de Navidad de por medio ya para fin de año tenía todos los trámites resueltos y entrando el año nuevo recibí el primer cheque de ayuda monetaria como refugiado.

Al irme de Cuba había llevado carta para un cubano que vivía en Paris desde hacía algunos años, Jorge Camacho. Su familia era también de Cárdenas y aprovecharon la oportunidad para  escribirle, algo que sin duda me ayudaba pues representaba la oportunidad de encontrarme con alguien en un país lejano donde no tenía a nadie más que a mis amistades. Enseguida lo llamé y no tardó en ir a verme. Fue muy atento y me dio mucho ánimo, algo que en una situación así representaba mucho. Resultó que en aquellos días, dos cubanos que él conocía dejarían libre un cuarto e insistió en que no dejara pasar la oportunidad pues algo así no se daba con frecuencia, hasta se ofreció a prestarme dinero si lo necesitaba, y aunque no fue necesario, es un gesto que siempre le agradeceré. También un amigo húngaro que había conocido durante un año de trabajo en Mongolia después que terminé la universidad, se había encargado de enviarme dinero a casa de la familia que me recibió. Me había pedido la dirección antes de salir de Cuba argumentando que para escribirme más adelante, pero ese había sido el propósito, tener un lugar adonde enviarme dinero antes de mi llegada. Y por seguir el consejo de Jorge, como al mes de haber llegado me fui a vivir en el barrio 16 muy cerca de la Torre Eiffel. Al 14 de la Avenue du Colonel Bonnet.

En los primeros días la señora de la familia que me recibió me acompañó a algunas iglesias evangélicas de los alrededores que habíamos encontrado en la guía telefónica. Buscaba alguna donde poder congregarme pues en aquella época era algo muy importante para mi. Sabía que el idioma era un problema pues yo no sabía nada de francés, pero suponía que me ayudaría mucho con el aprendizaje, como resultó en efecto. Todo se resolvió cuando mis amigos me presentaron a unos vecinos del edificio quienes sabían iban a una iglesia, ninguna entre las que había visitado ya, pero que resultó ser del tipo que buscaba, evangélica pentecostal, y ellos se brindaron para llevarme. Enseguida comencé a relacionarme con otras personas y así mis amigos se pudieron liberar un poco de tenerme todo el tiempo, sin duda que necesitaban un descanso pues conmigo casi todas las conversaciones caían en lo mismo, Cuba, y lo cierto era que necesitaban desconectarse un poco de aquello.

Jean Patin, un belga que conocí en la congregación, fue quien me recomendó a una agencia de trabajadores temporales en la rama de gastronomía. Si en algún restaurante faltaba un empleado que necesitaran reemplazar entonces llamaban a la agencia para que les enviaran uno. Así fui a varios restaurants por algunos días, aunque en más de una ocasión no hubo adonde mandarme, hasta que en una ocasión me enviaron al de la central de IBM en Paris, un restaurant buffet de primera. Fui sustituyendo a un español que se había ido a España por problemas de familia y no se sabía hasta cuando, pero de momento tendría trabajo por más tiempo de lo acostumbrado. Yo era el que fregaba toda la cacharrería, pero era una suerte el haber conseguido aquel trabajo sin tener que volver a la agencia mientras el español no regresara. Al final del día siempre sobraba mucha comida que nos la daban para llevar y me iba cargado, pasaba dejando por casa de mis amigos y hasta me quedaba para llevarme al cuarto. Me alegraba poder ayudarles con algo después que tanto habían hecho por mi, días entre semana no tenían mucho que cocinar pues les llevaba suficiente.

Un conocido de mis amigos que trabajaba en la oficina de refugiados conocía a otro cubano que había llegado como yo, pero la familia que lo reclamó vivía en un pueblo lejos de Paris donde no encontraba trabajo, por lo que les habló para ver si yo aceptaba que viniera a compartir el cuarto conmigo, pues una vez en Paris ya le sería más fácil encontrar trabajo. Un día vino a verme, aún antes de mudarme y le dije que no había problemas, que viniera, por encima de todo se imponía su necesidad, que muy lejos estaba yo de imaginar su magnitud. El nuevo compañero de exilio ya tenía  un catre y un televisor pequeño que había conseguido a través de América Cisneros, una cubana que siempre estaba al tanto para ayudar a los que llegaban, era descendiente de Salvador Cisneros Betancourt quien fuera Presidente de la República de Cuba en Armas de 1873 al 75. Periodista de profesión y quien había hecho mucho por la causa de los cubanos, hasta logró que varios funcionarios del gobierno francés apadrinaran prisioneros políticos en la isla. Por este encuentro con el otro cubano fue que la conocí y realmente ella fue un gran apoyo para mi durante mi estancia en Paris, es una excelente persona.

En el cuarto habían dejado una cama personal pero cuando se armaba el catre apenas se podía caminar, pero con tan buena suerte que en pocos días el otro muchacho consiguió trabajo en un pequeño hotel donde tenía que cubrir las noches, por lo que la estrechez era solo una vez por semana. Desde mi nuevo lugar de residencia seguí yendo los domingos a la misma iglesia para continuar con el grupo que ya conocía, aunque ya no quedaba tan cerca, pero en metro era muy rápido el trayecto. Después del servicio de los domingos me pasaba el resto del día con alguna familia que siempre me invitaba a almorzar. Fui conociendo mucha gente que se preocupaban mucho por ocuparme el tiempo, eran muy sensibles a llenar el vacío de mi familia, algo que mis amigos del principio tampoco descuidaron aún después de irme a vivir aparte.

Cada unos cuantos domingos varios de la iglesia se ponían de acuerdo para visitar a una familia de refugiados húngaros que vivían en un poblado cerca de Paris y allá me iba con ellos, la familia del Dr. Tapolaj. Se reunía un buen grupo y se conversaba sobre filosofía, política actual y otros temas interesantes, en una charla que el húngaro conducía con mucha facilidad. Qué diferente a Cuba, ver a la gente reunirse por su propia voluntad y hablar libremente de lo que quisieran sin el temor a que un infiltrado estuviese escuchando para utilizarlo después en contra de uno. Era una forma más para comprender la persecución y el control extremo a que estábamos sometidos los cubanos. Qué vida tan diferente aquella.

Siempre se presentaba algo que me permitía pasarme el domingo fuera y así mi compañero podía dormir para luego trabajar la noche, cuando yo regresaba casi siempre se había ido. Jorge también se mantenía muy al tanto, preocupado siempre por si me hacía falta algo, lo veía con bastante frecuencia. Así transcurrían las semanas y parecía que ya era el patrón de una rutina que se establecía, que solo Dios para saber hasta cuándo duraría. Iba haciendo mis ahorros pues el cuarto costaba solo 300 francos a compartir entre dos y como traía la comida del trabajo era muy poco lo que gastaba.

Veo que me va haciendo bien el poner la mente a trabajar, recordar después de tantos años, y aunque quizás no les resulte nada interesante, por lo menos lo estoy disfrutando, a la vez que es inevitable que nos vayamos conociendo, que de momento es lo más importante, digo, si es que han tenido la voluntad de acompañarme hasta aquí. Si es así de veras que se los agradezco.

Comentarios

  1. Aymee Fuentes Sopeña says:

    Sigue escribiendo…..escríbelo todo….quiero saber…necesito saber cuanto dolor pasaste y cuanta nostalgia sentiste…….poder compadecer ese dolor tuyo te ayudara mucho…..ademas que me identifico mucho contigo….que egoístas somos a veces pensando que somos nosotros los más sufridos….tienes un inmenso corazón lleno de heridas pero pienso forman parte de tu ser y de tu sentir….se hace camino al andar y has andado mucho….eres sabio….y virtuoso…te quiero mucho.

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