Encontré la Luz en Medio de la Adversidad

Cómo encontré la Luz en un momento en que todo parecía ser oscuridad.

Mi padre era un hombre que defendía la justicia social, por lo que se dejó llevar por las promesas de un gobierno que prometía igualdad para todos. Se hizo miliciano. Desde recién nacida,  él estaba casi siempre movilizado y esto duró varios años. Él intentando defender a la patria, mientras su esposa y su hija eran acosadas por un depredador sexual que se metía con frecuencia en el patio del apartamento donde vivíamos, mirando por la ventana y masturbándose. No nos pasó nada pero fue un tiempo muy difícil para mi madre, lo que influyó mucho en sus padecimientos de los nervios de los cuales nunca se recuperó totalmente, ligado a lo que sucedió después.

Tanto él como mi madre habían pertenecido al comité desde sus comienzos, recogían materias primas para ayudar al país y a mi madre le dieron la responsabilidad, por ser ama de casa de repartir el periódico Granma a los subscriptores de la cuadra. Durante ocho años yo fui quien realizó esa labor. De niña era divertido y patriótico a la vez.  De jovencita me daba vergüenza repartir periódicos; lo hacía por ayudar a mi madre. Es que, en aquel entonces no me daba cuenta de que internamente rechazaba, no a la patria, sino a mi misma porque estaba contribuyendo a darle propaganda a una ideología  que distaba mucho de las valiosas  enseñanzas de Jesucristo. Con el pasar del tiempo, en el exilio me di cuenta de que eran los mismos principios que  predicaba Martí y por eso le llamaban “Apóstol”.

Ya mi padre había comprendido que defendía un sistema que se basaba en el odio y la intolerancia, por eso nunca aceptó ser miembro del partido comunista. Desde el año 1970 solicitó permiso de salida del país, el cual le denegaron por diez años. Sin embargo, como la gran mayoría de los cubanos, vivíamos una doble moral. Íbamos a las reuniones del comité en el pasillo de entrada de mi edificio, donde el ideológico leía los kilométricos discursos de Fidel y todos los participantes escuchábamos callados sin hacer comentario alguno. Cuando era niña los observaba a todos. Cada cual estaba absorto en su propio mundo, apenas si se miraban a la cara. Cuando crecí me di cuenta que en estas reuniones si alguien te miraba, internamente te intimidaba porque te sentías vigilado, como si quisieran descubrir lo que piensas y eso que tienes en tu mente lo tenías que esconder. No sabíamos quién era quién. Al final todos levantaban la mano en señal de que estaban de acuerdo con el “compañero Fidel.” Participábamos también en los trabajos “voluntarios” y como íbamos en grupo, nadie comentaba nada ni de discursos, ni de planes, ni de acuerdos, ni desacuerdos; algún chistoso hacía algún cuento y todos se reían y seguían con los chistes.

Era como si quisiéramos ignorar la realidad y aparentar estar alegres, cuando lo cierto era que pasábamos mucho trabajo para comer y para conseguir los artículos de primera necesidad. Teníamos que considerar como enemigos a todo el que pensara diferente; cortar relaciones con nuestros familiares o amigos desafectos con la revolución y apoyar que fuesen sometidos a castigos absurdos y amenazados incluso con quitarles sus hijos, solo porque querían abandonar el pais. Y si finalmente se podian ir de Cuba, se les decomisaban todas sus pertenencias, que con tanto sacrificio habian obtenido o les arrancaban su simiente,  alegando que eran “hijos de la patria potestad.” No podíamos  creer en Dios ni hacer uso de la fe, ni compartirla con otros para dar esperanza. Además, “la familia” era considerada como parte de la “ideología burguesa que debía desaparecer”. No teníamos futuro y pedir mejoras, ni soñarlo. Muchos no se atrevían a expresar lo que sentían, por temor. Otros se sentían satisfechos, por envidia, utlizando a la justicia para ver ejercer la venganza.

En la escuela primaria me sentía contenta de ser pionera junto a otros niños. Después en la secundaria básica cuando quisieron captarme como joven comunista, me negué porque creía en Dios. Un grupo de militantes de la UJC me ofendían, me humillaban y todos los Miércoles se reunían conmigo para convencerme o mejor dicho, para vencerme. Yo creía en Dios porque había vivido una experiencia espiritual muy real para mí, cuando tenía siete años. Aquellos militantes de la juventud se frustraban conmigo y cada vez eran más los insultos. Hasta un día que la principal de ellos, la mas instigadora sufrió un accidente, recibiendo traumas en su cara que la incapacitaron por el resto del curso y a partir de ahí, el grupo dejó de molestarme. Dios me ayudó.

Al final de curso, en una reunión con el director de la escuela, aquellos muchachos que se suponía hablaran en mi contra ante el director, para que éste no autorizara mi ingreso a la universidad por ser yo considerada con debilidades ideológicas por mi fe, ninguno de ellos se decidía a hablar, actitud contraria a la que mantenían antes del accidente de la presidenta. Cada uno trataba de evadir la responsabilidad, incluso cuando señalaron a una, le escuche decir un “Solavaya” y no habló. Hasta que al fin otra muchacha, parienta de alguien del gobierno se paró y en pocas palabras dijo que consideraba que yo no podía entrar en la universidad porque tenía creencias religiosas. Acto seguido se sentó. El director ni me miró, como si no hubiera escuchado, no hizo pregunta alguna y terminó la reunión. No sé que fue lo que pasó, pero no me negaron la entrada en la universidad. Pensarían que me una vez dentro me podrían captar, lo que intentaron hacer después.

A principios de enero de 1980 recibimos una notificación del departamento de inmigración diciendo que de acuerdo a nuestra solicitud de salida, si aun manteníamos esa decisión, tendríamos que notificar al centro de trabajo, de estudios y al CDR, de nuestra resolución. Esto era ponernos entre la espada y la pared pero estábamos decididos a enfrentarlo todo por irnos. En Febrero me expulsan de la Facultad de Economía haciéndome un acto de repudio. Tiempo después un amigo del trabajo le avisa a mi padre que no fuera porque le iban a dar golpes. Nunca más volvió.  En Abril se presentan los eventos en la embajada del Perú, hecho que posteriormente dio paso a la flotilla del Mariel y ahí es que vimos una esperanza. El Partido notificó al CDR para organizar las asambleas de repudio, trayendo personas de otros lugares para aumentar el grupo, gritándonos gusanos, escorias y todos los improperios de las masas enardecidas. Del edificio donde vivíamos no podíamos salir por miedo a que nos agredieran. Casi todas las noches las turbas vociferaban y nos golpeaban la puerta con palos y piedras. Nos llamaban al teléfono de madrugada para insultarnos. No nos dieron la salida y teníamos esa multitud en contra nuestra. Sobrevivíamos gracias a otra tía, hermana de mi madre, quien venía de Cárdenas a la Habana para traernos comida porque en la casa nadie podía trabajar y teniamos miedo de salir a la calle. Con 18 años, temía por mi vida y por la de mis padres que además padecían de presión alta.  Una tía, hermana de mi padre, quien nos reclamaba desde el principio se fue en un barco llamado “Vaya Con Dios” a buscarnos, aunque se lo llenaron con otras gentes, no nos llamaron a nosotros.

Orábamos sin cesar, hasta que la noche del 26 de Mayo, mientras mis padres se encerraron en el cuarto, me quise quedar sola en la sala, escuchando aún la gritería afuera. Imploré a Dios como nunca antes. No podíamos soportar más, parecía que íbamos a enloquecer. Llorando pregunté por qué pasaba aquello con nosotros si no le habíamos hecho daño a nadie, solo queríamos irnos del país, salir de aquel infierno. Entonces escuché mi propia voz como un susurro pronunciando estas palabras: “Tú tienes la suerte de orarme a Mi en tu prueba, ellos tendrán pruebas más difíciles que ésta y no tendrán a quien implorar, ni podrán levantar la mirada.” En ese instante dejé de llorar de la sorpresa. No esperaba algo así y mucho menos que viniera de mi mente. Inmediatamente, mi espíritu comenzó a sentir el dolor de lo que esas personas iban a sufrir y me fue insoportable sentir aquello tan difícil. Me di cuenta que lo que yo estaba pasando en ese momento no era nada en comparación con lo que iba a suceder con ellos en el futuro. Aquella multitud tan llena de odio que era capaz de acabar con nosotros si hubieran tenido la oportunidad, era más digna de mi compasión que de mi rechazo pues no sabían lo que les esperaba. Comencé a llorar de nuevo, pero esta vez no lloraba por mí, imploraba por ellos porque realmente era imposible que se dieran cuenta de lo que hacían. Las palabras de Jesús a la hora de su crucifixión: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”, fueron en ese instante una revelación para mí; tuvieron un sentido muy profundo y contribuyeron a la enseñanza más sublime sobre el perdón que por primera vez experimentaba en carne propia. En medio de la adversidad, encontré la luz.

Cuando me di cuenta, había silencio afuera, para mi sorpresa la multitud se había marchado antes que de costumbre. Le di gracias a Dios desde el fondo de mi corazón, tomé la Biblia en mis manos y la abrí al azar. Mis ojos se fijaron en un versículo en el libro de Isaias 65:17 “Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra; y de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento.” No podía creer lo que leía. Sentía como si Dios hubiera estado a mi lado, me hablara al oído, me mostrara las consecuencias de la maldad, alejara a mis enemigos y luego me mostrara lo que iba a pasar conmigo. Ya estaba segura de que  no estaríamos mucho más tiempo allí. Con agradecimiento en mi corazón, me fui a la cama y por primera vez en varios meses dormí tranquila, sin salto en el estómago, ni temblores en el cuerpo, ni ganas de vomitar y sin preocupaciones. Esa noche no hubo ni una sola llamada molestando. A las 6 de la mañana nos despertaron unos toques en la puerta. Era un oficial de inmigración notificándonos que saliéramos hacia el centro “Abreu Fontán”. Allí también se oían los escándalos de las turbas desde los edificios que daban al lugar. Finalmente después de siete días nos trasladaron hacia un lugar llamado el Mosquito donde estuvimos varias horas y luego hacia el puerto del Mariel. Finalmente tras una travesía de 17 horas llegamos a tierras de libertad.

Le doy gracias a mi esposo por haber sacado este tema a la luz en el sitio que ha creado; para mí ha sido muy dificil  contar parte de mi historia pero es importante. Sin querer y por falta de conocimiento, muchos de nosotros, los que vivimos una buena parte de nuestras vidas en la isla, de una forma u otra hemos contribuido a que un sistema tan injusto se perpetúe. La falta de valores, la baja autoestima, el miedo, se aliaron al odio, a la intolerancia y a la venganza. El resultado fue la destrucción moral de la nación y la miseria. Quiero pedir perdón por haber contribuido  indirectamente a que un sistema que ha causado separación, encarcelamientos y sufrimiento a tantas familias  y del que yo misma fui víctima después, se haya mantenido por tantos años. Si no me había decidido a escribir antes es porque estas memorias, aparentemente olvidadas, no deseaban ser descubiertas, dolían y continuaban atemorizadas en su escondite. He sentido el deber de hacerlo poniendo en palabras el desahogo vital, para perdonar, aunque ya lo había hecho  desde hacía mas de 30 años. Confesar la parte de responsabilidad que yo también he llevado, a la vez que despierto en otros la suya, no para culparlos; llevamos culpando muchos años sin ver resultado alguno.  No se trata de buscar mas culpables, se trata  de encontrar  arrepentidos. En eso radica nuestra verdadera liberación.

About Ana Estopinan

Nací en La Habana, Cuba de donde salí en el año 1980 a través de la flotilla del Mariel. Me gradué del Miami Dade College de Asociado en Artes en Administración de Negocios. Actualmente resido en los Estados Unidos.

Mi misiòn es compartir un mensaje de esperanza, paz y alegrìa con mi ejemplo.

Mi lema "La compasiòn es la fuerza mayor capaz de cambiar el corazòn del ser humano."

Soy la escritora del blog, SecretosDelAlma.com.

Comentarios

  1. Aymee Fuentes Sopeña says:

    Ana…para ti toda mi admiración y respeto….este escrito me sacó las lágrimas como lo hará con todos aquellos que lo lean….es nuestra verdad y si no fuéramos cubanos creo que no lo creeríamos….fue duro, es duro y lo seguirá siendo mientras continúe en nuestra Isla un régimen totalitario y dictatorial. Todos tenemos una historia parecida porque yo también fui perseguida y mal mirada por creer en Dios,solo que todavía no me explico por qué tanta crueldad. Fueron años muy difíciles en mi juventud y después también. Cada día tenia sus propios quebraderos de cabeza…..Tenemos que hacer algo para que estas reflexiones las lean también amigos Venezolanos porque van a necesitar mucho entender la esencia del régimen que tienen…..Gracias por compartir parte de tu vida….y todavía más por saber perdonar de la forma en que lo has hecho……

  2. Aida Fernandez says:

    Ana, conozco a Pedrito su esposo desde que el era muy jovencito, en la ciudad de Cardenas, no sabe Usted cuantos hechos de la indole que Usted cuenta han acudido a mi mente, todo el que vivio aquella barbarie puede ser capaz de sufrir leyendo su relato. No se atormente, la historia se construye asi, viviendola en carne propia. Para Usted mi admiracion y mi felicitacion por su valentia al contar ese episodio tan horrendo de su vida, pero ahi esta el merito, poder con estos relatos contribuir a que sistemas tan nefastos puedan manifestarse en esta humanidad, mis saludos unidos con bendiciones.

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