Horas Finales de Camilo Cienfuegos – Jaime Costa

“El Clarín toca al Amanecer”.  Autor: Jaime Costa Chávez.  Autobiografía.

El propósito de este artículo es dar a conocer el texto del Capítulo X de este libro del Comandante Jaime Costa Chávez, fallecido en la ciudad de Miami en el 2015, quien nos explica con bastante detalle los hechos ocurridos durante las últimas horas de vida Camilo Cienfuegos, cuya muerte fue el resultado de un plan de Fidel Castro para eliminarlo.

Este testimonio nos llega gracias al sacrificio de este digno cubano, quien, a pesar de su deteriorada salud a causa de las crueles torturas sufridas en las cárceles castristas, tuvo la férrea voluntad de sobreponerse a sus limitaciones para dejarnos este valioso material, con la esperanza de que su esfuerzo no fuera en vano. Hombre con una gran fe en Dios, quien al ver la forma en que el líder máximo de la revolución los había traicionado, hizo lo humanamente posible por impedir que implantaran el comunismo en la isla, aunque en aquel momento ese sacrificio no haya alcanzado el objetivo deseado, no obstante nos dejó su testimonio, y ese es el que no podemos ignorar si realmente sentimos el dolor de nuestra patria, ese dolor que con tanto ahínco trató él de evitarle.

Pienso que una vez que conozcan el contenido de este capítulo, sean muchos los que decidan leer el libro completo, por la necesidad que sentirán de conocer todo lo que tiene que decirnos, pues en sus páginas se encierra nuestra verdadera historia, una muy diferente a la que los vencedores le han hecho creer al pueblo. Solo así es que muchos tendrán una idea clara de cómo fue que llegó el comunismo a Cuba, aunque muchos otros no lo necesiten, pues vivieron experiencias similares al comandante, las que eran de conocimiento de sus mas allegados. No es muy probable que se pueda encontrar otro material que  describa el calvario cubano con tanta claridad y realismo como lo hizo Jaime Costa.

El libro está compuesto por 37 capítulos, en un total de 466 páginas, aunque el Capítulo X es el único dedicado a la muerte de Camilo.

Transcripción del texto.

Texto en fotocopias.

“MUERTE DEL COMANDANTE CAMILO CIENFUEGOS”

Páginas 102 a 116, de 466

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Una llamada telefónica del Estado Mayor del Ejército requería que yo me personara allí, con el carácter de urgencia según el mensaje recibido, lo que hice sin pérdida de tiempo.

Cuando llegué aquello parecía una casa de locos. Nadie podía decirme quien me había llamado, ni para qué concretamente, pero una situación anormal estaba en pleno desarrollo, y permanecí allí, primeramente, en espera de que se me orientara sobre la llamada y con más interés por mi parte por ver cómo se proyectaba y en qué terminaba aquel problema.

Las noticias me iban llegando en desorden, matizando la versión de cada uno de acuerdo con la posición que tenía en relación con las fuerzas en pugna y las proyecciones políticas a que el informante respondía. La verdad solo estaba en la cúspide del poder, en manos de Fidel y acaso solo él disponía de una información veraz y completa, que haría pública en su momento, adaptándola, como era su costumbre, a sus políticas conveniencias.

Ramiro Valdés había salido para Camagüey, para arrestar a Hubert Matos, jefe del regimiento de esa provincia, ya que Camilo Cienfuegos, el jefe del ejército, no había actuado conforme a los deseos de Fidel, decía una versión. Hubert Matos presentó su renuncia al cargo y grado dentro del ejército, aseguraban otros, y dejó el campamento….

Camilo Cienfuegos, luego de parlamentar con Hubert Matos, ha salido para La Habana, aseguraban otros informantes, situando como controlada la situación. Hubert Matos, sublevado con su regimiento, se niega a entregar el mando y se dispone a luchar y Fidel va a hacerle frente, afirmaban otros…

Desde Palacio, en ese momento llegó una información concreta al estado mayor, que decía que Fidel Castro volaba rumbo a Camagüey para hacerse cargo personalmente de la situación, que era en extremo grave, y que se ordenara el estado de alerta en todas las guarniciones militares. Esta era una información complementaria que nos permitió despejar el cuadro de los hechos aún en proceso.

El Comandante Hubert Matos había enviado, por conducto reglamentario, comunicación a la jefatura del ejército solicitando que se le admitiera la renuncia a su grado y cargo como miembro del Ejército Rebelde, y a su vez había hecho llegar una carta explicativa personal a Fidel Castro, ilustrándole esta decisión suya y rogándole que viabilizara la tramitación de la aceptación de su renuncia lo más rápidamente posible, a fin de retirarse a la vida civil.

Camilo Cienfuegos impuso a Fidel Castro del contenido del despacho en que Hubert Matos presentaba su renuncia, y entre ambos acordaron que el jefe del ejército volara a Camagüey para resolver el problema del mando en el regimiento y tomar control de la situación, actuando de acuerdo como lo exigieran las circunstancias. 

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Varios transportes militares aterrizaron en el aeropuerto de Camagüey bien avanzada la madrugada, en ellos venían tropas escogidas a las órdenes del Comandante Camilo Cienfuegos, quien era esperado en la pista por un ayudante del Comandante Hubert Matos, y juntamente con éste, y haciéndose acompañar por el Comandante Cristino Naranjo, el Capitán Agustín Méndez Sierra y algunos miembros de su escolta personal, se dirigió a la jefatura del regimiento.

Al llegar al campamento Camilo, sin abandonar su crónico sentido humorístico, les preguntó a los primeros oficiales subalternos que salieron a recibirle, si era verdad que estaban alzados en la Sierra de Cubitas, y sin esperar otra que una carcajada en respuesta a su chanza preguntó acto seguido por Hubert Matos, siendo conducido a la casa particular de éste, donde era esperado. Después de los saludos de rigor, desprovistos de toda ceremonia, los dos comandantes se sentaron a conversar en tanto que era servido el fresco café, iniciándose una discusión entre ambos, bien lejos de lo cordial. Camilo objetaba a Hubert las veces que, habiendo saltado por encima de su jerarquía como jefe del ejército, se había ido a buscar solución a los problemas del regimiento con Raúl o Fidel Castro. Matos le señalaba que ni él ni Cienfuegos eran respetados por Fidel, y que en definitiva en el régimen había únicamente una jerarquía, que era la de Fidel.

La intromisión de los comunistas en los asuntos concernientes a la zona militar bajo mi mando no ha sido contenida por ti, Camilo, no porque tu no hayas querido, sino porque en definitiva son cosas anormales que se realizan en contra de tu voluntad y de la mía, y no las realizas tú, pero no puedes detenerlas y yo tengo que ir a la fuente del problema para tratar de pararlo.

La discusión fue extensa y variada, entrando y saliendo del motivo central, que era la renuncia según los razonamientos de cada uno en la misma. Finalmente se lograron establecer con nitidez las cosas más importantes; Hubert Matos no estaba en plano de luchar ni de sublevación y su renuncia era irrevocable. Camilo Cienfuegos, en el curso de la conversación, fue modificando su posición rígida y terminó entendiendo que efectivamente Hubert matos no tenía otra salida que irse del ejército, lo que le parecía aceptable para evitar males mayores, pero a la vez sentía que el ejército iba perdiendo un jefe ejemplar, y él personalmente, un bastión que sería dominado por aquellas mismas fuerzas que constantemente presionaban sobre su posición de Jefe del Ejército para reducirlo y manejarlo, pues en el futuro el regimiento de Camagüey sería otra plaza más en manos de los comunistas.

Los dos comandantes llegaron a la Jefatura del regimiento y, en presencia de la plana mayor del mismo, se produjo el cambio de mando, siendo designado con carácter provisional el Capitán Agustín Méndez Sierra para dicha posición. No menos de cincuenta oficiales se encontraban en aquel recinto y todos querían exponer desordenadamente sus puntos de vista. Algunos, que lograban establecer el diálogo directamente con Camilo Cienfuegos, le imponían de la agitación que se estaba desarrollando en la ciudad por los agentes del G-2, los comunistas y la Jefatura Provincial del INRA.

La población, que admiraba y respetaba al jefe militar, contemplaba atónita aquella mascarada, pues conocían que no había sublevación. Los cuadros veteranos del 26 de Julio, los sindicatos obreros y los estudiantes, ofrecían solidaridad moral al Comandante Matos, que no demandaba apoyo físico, pues no estaba en lucha.

Ahora la radio local anunciaba la llegada de Fidel Castro a la ciudad y a la vez

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sostenía la campaña contra el comandante renunciante, incitando al pueblo a sacar a los traidores de la madriguera. Camilo Cienfuegos, que estaba en la jefatura del regimiento, escuchaba aquellas diabólicas maquinaciones y comprendía una vez más, cuánta razón estaba de parte de Hubert Matos.

Fidel, recogiendo las tropas dejadas por Camilo Cienfuegos en el aeropuerto, inició la marcha hacia la ciudad lentamente y yendo a las oficinas del INRA (Instituto Nacional de Reforma Agraria) que parecía estar actuando como cuartel general fidelista para aquella maniobra. Ya estaban llegando los camiones del interior cargados de trabajadores asalariados agrícolas de las granjas explotadas por el Estado y toda la población se mantenía expectante, sin saber cuál era el propósito de fondo de Fidel Castro.

Hubert Matos, viendo el sesgo que tomaban las cosas, decidió grabar la carta enviada a Fidel Castro con su renuncia, de la cual no había recibido respuesta, y además añadir en la grabación respuesta a las acusaciones de que estaba siendo objeto de parte de los agentes de Fidel Castro.

Una vez conocido que Fidel Castro se encontraba en las oficinas del INRA, Camilo Cienfuegos fue a su encuentro para explicarle personalmente la situación. Aún en estos momentos muchos oficiales subalternos esperaban una reacción inteligente de parte de Fidel que salvara la situación en que se estaba cayendo según pasaba el tiempo. Camilo regresó al campamento bastante más tarde, diciendo a los oficiales que Fidel venía para el regimiento y quería hablar con ellos, aconsejándoles que como quiera que todos estaban un tanto exaltados, se desposeyeran de sus armas de reglamento. Los oficiales dejaron sus pistolas sobre un mostrador que había en el Estado Mayor y comenzaron a redactar sus renuncias, pues no encontraban la vía que justificara moralmente abandonar al querido y respetado jefe, en circunstancias tan adversas como llenas de razón y moral a su favor.

Fidel entró en el campamento, cambiando ligeramente impresiones con Camilo, quién ordenó a los oficiales que pasaran al salón de la jefatura, al cual ya había entrado un grupo de los acompañantes de Fidel, y allí comenzó una exhortación a los oficiales en nombre de la disciplina revolucionaria, para que no apoyaran moralmente a su jefe renunciante. Esto dio lugar a un cambio de opiniones entre los oficiales que le interrumpían, y Fidel que, al ver la actitud de éstos, les trataba duramente. Los resultados fueron negativos. Fidel no había logrado adherirse ni uno solo de estos hombres, y por el contrario, la actitud de ellos comenzaba a matizarse de abierta hostilidad hacia el líder máximo. A un exabrupto de Fidel, cuando les gritó:

¡Bueno, váyanse con los esbirros y con Trujillo si quieren! -dos oficiales le agarraron por la solapa y lo conminaron que trajera a Hubert Matos para discutir diáfanamente el asunto en su presencia.

Finalmente, Fidel abandonó el local y avanzando a grandes pasos salió conversando con Camilo y Ramiro Valdés, a los cuales daba instrucciones.

Todos los oficiales fueron reducidos a prisión, siendo algo más de 40, que con Hubert Matos fueron aislados mientras se comenzaba a organizar su traslado por vía aérea para La Habana. Y sin esperar más, Ramiro Valdés partía para el aeropuerto con Hubert matos y los oficiales subalternos en calidad de presos. Luego saldrían más, por la misma vía. Los presos cantaban el Himno Nacional y vociferaban contra el comunismo en respuesta los insultos que recibían de la multitud que los abucheaba al salir. Era la comparsa preparada por los comunistas para aplastar la revolución cubana y humillar a sus hombres.

Hubert Matos y sus oficiales eran conducidos presos al Campamento de Ciudad Libertad

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donde se les instruiría el proceso para ser juzgados.

Adentro y en las proximidades del campamento, estaba toda la gente que había venido tras Fidel: soldados, curiosos del pueblo y los obreros agrícolas movilizados por su patrono, el INRA. El jefe máximo seguía adelante con su plan, los arrestos continuaban en el campamento y en la ciudad.

Ahora se improvisaba una tribuna desde el balcón del segundo piso del edificio de la comandancia, y Fidel Castro ocupaba los micrófonos. Tratando de darle cierta formalidad al acto, leyó la carta enviada por Hubert Matos a él, y su respuesta a la misma que hasta este momento nadie había conocido ni recibido. En uno de sus párrafos decía: … “El Comandante Camilo Cienfuegos recibirá el mando, puesto que tu decisión de renunciar es irrevocable. Después harás lo que creas que puede convenir o perjudicar más. Si es lo primero, siempre habrá oportunidad de que volvamos a encontrarnos en el camino del servicio al país, cuando hayas tenido tiempo de madurar los últimos dieciocho meses de tu vida”.

La carta respuesta leída en el acto por su firmante Fidel castro, estaba en abierta contradicción con la conducta desplegada por él mismo durante el proceso. De haber actuado en concordancia con ella, no tendría ahora más de un centenar de militares presos, volando hacia La Habana, sino un comandante que, habiendo renunciado a su condición de militar, se retiraba a la vida civil, donde haría lo que más pudiera beneficiar o perjudicar, pero esta carta respuesta de Fidel no era más que un documento redactado a última hora por pura formalidad, que se contradecía con toda la conducta de Fidel, y además, con el resto de su disertación en ese mismo discurso; servía únicamente para demostrar la contradicción y descubrir la maniobra malvada de que era víctima Hubert Matos, a quien llamó reiteradamente ingrato y traidor, en tanto que sus seguidores exhibían cartelones pidiendo paredón para el preso y gritaban insultos subiendo el tono de los que el orador pronunciaba desde la improvisada tribuna.

En el puesto militar de Sola, pequeña guarnición del interior de la provincia se escuchaba por radio el discurso de Fidel, conjuntamente por oficiales, clases y soldados cuyo jefe, el capitán José Manuel Hernández, había regresado horas antes de la capital, luego de hablar con Camilo Cienfuegos, en la seguridad de que todo se tramitaría armoniosamente y que la moral del comandante Matos y de los demás oficiales no sería afectada ni su seguridad personal. Ahora ya sabía que todos estaban presos y que eran conducidos a La Habana, y oía el tono agrio y violento en que Fidel les llamaba traidores y cobardes; todos se quedaron asombrados y aplastados. El Capitán Hernández abandonó el salón donde se reunían todos y regresó instantes después, pero dando unos pasos atrás sacó su pistola y se partió la cabeza de un balazo, muriendo allí mismo, ante los ojos de sus hombres: todo había terminado, faltaba decir ahora…. “Gracias, Fidel”.

Camilo había llegado a La Habana y fue notificado de que los comunistas dominaban la calle con demostraciones contra Hubert Matos, a quien llamaban traidor y sublevado. La CTC (Central de Trabajadores de Cuba) se debatía en indecisiones, entre el miedo a Fidel Castro y su obligación moral con el “26 de Julio” y la línea revolucionaria. El “26 de Julio” ya era una sombra adulterada en su dirección, bajo el mando de un esbirro comunista, el obeso Aragonés; fue fácil para los comunistas manejar los cuadros organizados y ponerlos bajo sus consignas.

El estado mayor del ejército estaba lleno de oficiales que habían venido, unos llamados y otros en busca de noticias. Fraternizábamos allí viejas gentes con viejas 

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historias vividas en común y, en sentido general, todos teníamos la misma actitud, la misma preocupación, y el mismo miedo frente a la situación en violento desarrollo. Se ratificó la orden de acuartelamiento de todas las tropas. Camilo, habiendo regresado de Camagüey, apareció en el Estado Mayor de muy mal humor; lucía fuera de su estado de ánimo habitual. Hablando con nosotros, un grupo reducido en su despacho nos dijo:
-Esta es la clásica maraña de los comunistas, pero es posible que les cueste muy caro, parece que ahora quieren destruirnos.

Y dirigiéndose a mí, dijo:

Jaime, quédate aquí que yo voy a Palacio.

Y salió del despacho. Cuando regresó dos horas después, yo permanecía allí. En su ausencia muchos se habían ido y otros esperaban su regreso para venir.

-Nada se puede hacer – me dijo – ya que todo fue preparado para convencer a Fidel que todos nosotros estamos conspirando y que no queremos cooperar con él. Allí estaba el cabezón de Dorticós y me planteó: “Tú, ¿qué respondes de tu gente? ¿qué dices ahora?, los hemos cogido con las manos en la masa, ya que la conspiración era en toda la Isla”. Dorticós estaba muy contento y junto a él estaba el gordo Aragonés, que parece ser quien organiza el show aquí; los dos estaban muy sonrientes y contentos, creo que ahora te darás cuenta de lo que he dicho mil veces, que lo que hay que hacer no es renunciar, sino quedarse, pues mira como manejan una renuncia. Quién sabe cuál será el próximo a quien le toca, ya que ellos no descansarán hasta que todos hayamos desaparecido, irán poco a poco, pues no tienen prisa, pero ni uno de nosotros quedará. Tú serás uno de tantos, ya que te tienen fichado como enemigo y te aplastarán.

Allí permanecimos la noche, conversando de estos problemas. Cada vez que nos daba oportunidad un descanso, entre problema y problema, nos sentíamos más unidos que siempre, porque sabíamos que la adversidad tenía sus ojos puestos en nosotros.

Al día siguiente fui para la escuela para cubrir el expediente, pues muy lejos estaba yo de tener deseos de ponerme a estudiar en medio de aquella tormenta que nos envolvía a los revolucionarios.

Fidel reunía las altas personalidades civiles y militares para formar una sólida opinión en el gobierno, que le permitiera seguir adelante con su plan contra Hubert Matos, a la vez que convocaba los vehículos de publicidad a una concentración en Palacio. Fueron los altos funcionarios que no aceptaron dejarse instrumentar y prefirieron renunciar. Los comunistas dominaban las calles, el 26 de Julio en manos de sus jefes impuestos de dedo y ajenos a su historia, aparecía apoyando la agitación, con los organismos pantalla de los comunistas y la CTC, que se plegaba amenazada porque los comunistas barrerían sus mandos para sustituirlos si no lo hacían. El dirigente provincial del 26 de Julio en Camagüey, J. Agramonte, presentaba su renuncia y era detenido, a la vez que era sustituido por un hombre control.

En avión, volando sobre La Habana, dejaban caer panfletos de propaganda antigobiernista por distintas zonas de la capital. Las armas antiaéreas recibieron orden de derribarlo y lanzaron tremenda balacera, intentando inútilmente cazarlo, producto de lo cual con alguno de los proyectiles disparados fue muerto un transeúnte accidentalmente. Esto sirvió magníficamente al plan de Fidel, que levantó de inmediato la acusación de que la ciudad había sido bombardeada y que el muerto era por las bombas lanzadas desde el aire, quién sabe cuántos miles creyeron esa tremenda mentira. 

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Los panfletos venían firmados por el excomandante del ejército rebelde Pedro Luis Dian Lanz, que como aviador al servicio de la revolución había contribuido notablemente al abastecimiento de los frentes de guerra, y luego designado jefe de la aviación, hasta que renunció en conflicto por la intromisión comunista en el gobierno.

Fidel compareció ante la televisión y penetró a la opinión pública con la tesis del bombardeo de la ciudad, sin poder exhibir alguna prueba de ello, sirviéndole este incidente para distraer un tanto la atención pública del caso Hubert Matos, que él llevaba adelante, y usando de la coyuntura para vincular a éste con el “bombardeo de papeles” que exponía como un ataque criminal contra la población civil indefensa.

En tanto que se realizaban las investigaciones, a petición de Fidel, Camilo quedaba como responsable del campamento de Camagüey, sin atender a que un hombre de su confianza ocupaba el cargo con carácter provisional. Ahora Fidel trabajaba personalmente en organizar una gran concentración popular para ejemplarizar con el aplastamiento de Hubert Matos y abrirse paso por el camino del terror hacia consolidar el poder unipersonal o por la oposición que ocupaban, pudieran influir en fortalecer la opinión pública en favor de su proyección.

Planteó a Camilo que tenía que hablar en el acto y éste le sugirió que lo dejara fuera, que no quería. Fidel insistió y Camilo le planteó claramente que él no podía acusar a Hubert Matos y por tanto, nada podía hacer en la tribuna. Fidel le planteó que era una necesidad del poder que lo hiciera y Camilo lo dijo que la solución que a él le parecía más correcta era no seguir adelante con el asunto Hubert Matos y mandarlo al extranjero con un cargo de embajador, que por su cultura sabría desempeñar muy bien. Fidel le dejó ver que sí, que ese sería el final del asunto, y entonces Camilo, creyendo que lograba un tanto en favor de Matos, aceptó ir a la tribuna, no para pronunciar un discurso, sino para decir unos versos.

En torno al Palacio Presidencial se agruparon no menos de 300,000 personas, enarbolando cartelones con violentas consignas. “Paredón para Hubert Matos”, “Fusilamiento para los traidores”, “Fidel fusila a los traidores”.

Los oradores fueron David Salvador de la CTC; Osvaldo Dorticós, Presidente de la República, Rolando Cubelas, presidente de la Federación Estudiantil Universitaria, Camilo Cienfuegos, que recitó unos versos patrióticos; Che Guevara, Raúl Castro y finalmente Fidel Castro, que convirtiendo la concentración pública en asamblea legislativa, planteó un programa de aterrorizamiento, y a sus preguntas respondían las comparsas preparadas: “Paredón, paredón” Finalmente preguntó: “Que levanten las manos los que crean que a los traidores como Hubert Matos hay que aplicarle la pena de fusilamiento”. Los grupos preparados respondieron por la multitud y el grito de “paredón” se impuso sobre aquel mar de cabezas. Fidel estaba eufórico y seguro; Dorticós compartía el triunfo con su boca llena de risa al hablar; Raúl, nervioso por la actitud de Camilo, se concentra en una conversación con Ché Guevara; Camilo se ha ido del grupo y Fidel lo fue a buscar. El encuentro no fue suave, pues Camilo le protestó de que aquello no era lo acordado, y Fidel le convenció aún de que eso era una cuestión exterior, que, en definitiva, la cuestión se podía arreglar, pero era necesario celebrarle juicio cuando se terminaran las actuaciones de los cuerpos de investigación, y además le planteó a Camilo que en consideración al rango de Hubert Matos en el ejército, él podía presidir el tribunal que lo juzgara.

Camilo protestaba, señalando que aquello se seguía apartando de lo acordado 

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sobre el asunto, y Fidel le insistía en que era necesario celebrar el juicio, para no quedar como unos irresponsables ante el mundo que tenía los ojos puestos en el proceso, y que el asunto serviría para darle un buen escarmiento a los que pensaran tomar el mismo camino, pero que con Hubert, al final el asunto se arreglaría como ellos habían acordado en la conversación anterior. Camilo se negó a integrar el tribunal y Fidel recurrió incluso a las amenazas contra éste, diciéndole que era su obligación y que tenía que ser él quien presidiera el tribunal, dándole finalmente otra esperanza, al expresar que caso de ser condenado, el Presidente firmaría una amnistía para Hubert y todos los oficiales de su grupo, que quedarían en libertad y Hubert tendría la oportunidad de ocupar el puesto que quisiera, si deseaba una embajada, podía escoger la que más le gustara.

Camilo no cedió en el acto de la conversación, pero al hablar conmigo después y contarme cómo iban las cosas, me dijo que sí lo haría, que creía que sería mejor presidir el tribunal al objeto de tener la posibilidad de que se cumpliera lo prometido, apareciendo él como garantía en favor de los acusados. En esta ocasión Camilo me dijo que apenas veía a Fidel, pues la situación entre ellos era cada vez más tirante y siempre estaba rodeado de comunistas por donde quiera que iba, y que incluso entre Fidel y el Presidente había una situación rara.

-Se ve con los comunistas, acuerdan las cosas y ordena hacerlas como se le ocurre y ni siquiera se toma el trabajo de informar a nadie -decía Camilo, añadiendo – vamos muy mal por este camino y tu verás cuando empiece el juicio, qué tremenda clase de show se va a formar.

La ciudadanía estaba profundamente alarmada, y la figura de Hubert Matos crecía ante la opinión pública, apareciendo como un mártir de la tiranía personal de nuestro jefe. Los revolucionarios no teníamos otra preocupación que ingeniárnoslas para que no fusilaran a Hubert Matos, ya no nos deteníamos a valorar la injusticia que con él se cometía, ni contábamos los años de presidio que pudieran echarle, nos preocupaba solamente lo peor, esto es, su fusilamiento.

Ramiro y el Che, en conversación con Fidel, le imponían del verdadero estado de la opinión pública y le señalaban la necesidad la necesidad de hacer algo que distrajera la mente popular del asunto Hubert, pues todo el mundo estaba en contra de lo que se estaba haciendo, y de lo peor que esperaban. Camilo, que participó en esta conversación, salió de allí para tomar el avión rumbo a Camagüey, donde tenía que ejercer una inspección personal y directa sobre el regimiento, y lo que le permitía aquella situación, alejarse de La Habana, en la que no encontraba más que problemas y adversidades insuperables…………

Ahora las noticias ofrecidas por las emisoras de radio y televisión añadían un nuevo ingrediente de angustia a la atormentada opinión ciudadana. Un parte oficial del gobierno, proveniente de la Sección de Prensa y radio del Estado Mayor del Ejército, decía: “Se hace saber a la opinión pública que en el día de ayer, 28 de octubre de 1959, a las seis y un minuto de la tarde, salió del aeropuerto de Camagüey el avión bimotor Cessna No. 310, serie 53, de cinco plazas, rumbo a La Habana, conduciendo al jefe del Estado mayor del Ejército Rebelde, Comandante Camilo Cienfuegos, quien iba acompañado del piloto Teniente Luciano Fariñas y del soldado Félix Rodríguez, los que desgraciadamente no han llegado a su destino”. Se añadía que la búsqueda de los desaparecidos había, hasta el momento, resultado infructuosa, temiéndose que hubieran sufrido algún accidente, e indicando que la existencia de turbonadas entre Ciego de Ávila y Matanzas, pudo ser la causa. 

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La Fuerza Aérea, así como la aviación civil, realizaron minuciosa búsqueda en todas las zonas comprendidas entre La Habana y Camagüey, y pidieron a toda la ciudadanía que cooperara en su empeño. La noticia pareció producir consternación en cada ciudadano, como si se tratara de una desgracia familiar de cada uno, y dejando a un lado el proceso de Hubert Matos y el supuesto bombardeo de la Capital, los órganos de publicidad se centraban sobre la desaparición de Camilo Cienfuegos, lo que unía al gobierno y al pueblo en la misma angustiosa preocupación.

Cuando supe la noticia, me fui a la Ciudad Libertad, logrando hablar con el comandante Juan Almeida que fungía de jefe del cuerpo aéreo. Almeida me invitó a que me le uniera, ya que iba a salir en un avión grande, y no tenía quien lo acompañara en el recorrido, diciéndome que más tarde iríamos a Varadero, donde tendríamos que recoger a Fidel para ir a un lugar determinado. Alzó vuelo la nave y nos mantuvimos recorriendo por distintas zonas de las provincias de La Habana y Matanzas por más de una hora. Todos íbamos observando, en busca del pequeño avión Cessna de Camilo Cienfuegos, supuestamente accidentado; nada descubrimos y Almeida ordenó al piloto tomar rumbo a Varadero.

Encontramos a Fidel Castro acompañado de Osvaldo Dorticós y algún personal auxiliar. Almeida se acercó a ellos y yo le seguí hasta donde estaban ambos, enfrascados en una movida conversación, que nosotros no interrumpimos. Dorticós tenía la palabra, hablando en tono bastante alto y denotando una actitud apasionada en sus puntos de vista:

-Haz la prueba – le decía a Fidel -, y verás que es más popular que tú, y piensa en el peligro que representa, pues no hay dudas de que estaba en la conspiración de Palacio para eliminarte políticamente. Es la figura más popular, -le repetía, exhibiendo su crónia sonrisa, añadiendo: – más popular que tú, y si quieres hacer la prueba, da la noticia de que Raúl desapareció buscando a Camilo, para que veas que a nadie le importa, ni salen a buscarlo, ni se forma el alboroto que ha producido la desaparición de Camilo. 

Y le repetía:
-Haz la prueba y tú verás los resultados.

Ambos se alejaban unos pasos, como si Fidel necesitara estar algo distante de su expositor para meditar, y dando una vuelta por el salón volvía a aproximarse a Dorticós, que reiniciaba la carga con nuevos argumentos, diciéndole:

– Y si quieres otra prueba más – y aquí su excitación se hacía visible por el movimiento de sus brazos-, además, lanza la noticia de que Camilo apareció y podrás ver la tremenda alegría del pueblo.

Fidel volvió a alejarse, estando nosotros más cerca de Dorticós, y dando una vuelta volvió, manteniéndose en silencio un rato, como si estuviera evaluando el nuevo argumento. Todos nos manteníamos en suspenso; aunque estábamos juntos, no nos habíamos saludado, y tanto Fidel como Dorticós habían ignorado nuestra presencia y continuaban su diálogo, interrumpido solo por las pausas que ellos hacían. Nosotros estábamos allí, oíamos. Fidel iba y venía en silencio. Almeida y yo manteníamos una actitud expectante, en espera de que uno de ellos volviera a hablar, de que nos notaran, nos saludaran o dijeran algo, aunque fuera que nos retiráramos. Pero nada ocurría, seguíamos siendo ignorados. Fidel, poniendo fin a uno de sus paseítos, volviendo a Dorticós que se mantenía muy próximo a nosotros, le dijo:
-Vamos a hacerlo.

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Dorticós, exponiendo su más expresiva sonrisa, en tanto que se arreglaba con la mano el cabello desordenado por el aire, le decía:
– Ya verás, ya verás.

Y tomando a Fidel del brazo se alejó con él hacia un pequeño grupo distante, al cual le dio instrucciones concretas a Aragonés entre otros, que se volvió, seguido de algunos, para cumplir la encomienda. La orden había sido transmitida y de inmediato las estaciones de radio y televisión dieron la falsa noticia de que Camilo Cienfuegos había aparecido, añadiendo por todo comentario que se encontraba bien. También se dijo que estaba perdido Raúl, cuyo avión no había sido reportado y se temía por su suerte. Oíamos por las radios de los autos que comenzaban a expresar la alegría popular por la aparición del jefe guerrillero. Decían los informadores radiales que La Habana había sido estremecida por la noticia y que en las calles la gente expresaba su contento, los autos sonaban las bocinas y que para todos era una fiesta la noticia.

Todos hablaban de la aparición de Camilo, y los centros de información se sentían presionados por la gente, que quería noticias en detalle.
Yo seguía sin saber la verdad de aquel raro juego.

Volvimos a entrar en el rústico caserón campesino, y nos acercamos nuevamente a Fidel, que escuchaba a Dorticós:

-¿No lo ves?, te lo dije – le repetía, exhibiendo su triunfal alegría, – no queda más remedio que hacer lo que se hizo con Frank país, ya que cogerá demasiada fuerza y tendrás que responderle de todo esto y finalmente compartir el poder con él…..’no se puede dar marcha atrás’, para todos, Raúl está perdido y nadie pregunta por él, les da lo mismo que aparezca o no, y tal vez prefieren que no lo encuentren. Voy a dar orden de que digan que Raúl apareció y verás que se pierde la noticia sin que a nadie le interese. 

– ¿Tú crees que será así? – preguntó Fidel, mostrando cara de absoluta ingenuidad y casi me pareció que no había pensado la pregunta, sino que la hizo mecánicamente, sin procesarla, teniendo su cerebro ocupado por otra idea.

 Alejándose, Dorticós fue a conversar con el mismo grupo de la ocasión anterior y se mantuvo con ellos no menos de media hora, regresando adonde estaba Fidel, que caminaba lentamente, pero afirmando con fuerza cada pisada, como si los pies estuvieran expresando conclusiones a las que iba arribando su cerebro.

-Nadie le hizo caso a la noticia, – repetía ahora Dorticós, añadiendo:

– acuérdate de Frank País.

Fidel se detuvo un ratico en silencio y sin decir algo, como quien de hecho acepta la idea que le han ido filtrando en su mente, dijo:

-Bueno, vamos.

La expresión de Dorticós parecía triunfal, como que había ganado la partida y se sentía seguro de que ya Fidel estaba en el plan de acción para ejecutar lo que le tenían programado como principal actor, máximo jerarca y figura decisiva. Todos fuimos para los autos, no sé cómo yo me senté en el timón de uno, y a mi lado Almeida, atrás otra persona que no recuerdo y Fidel Castro, quien en esta ocasión tampoco hizo la menor referencia personal a mí. Salimos rumbo a la Ciénaga de Zapata, que está en el lado opuesto, al sur de la Isla. Yo no conocía el camino y Almeida me orientaba, constituyendo una caravana de vehículos, que eludíamos toda complicación para llegar al lugar propuesto. Por el radio del auto oímos que un parte de

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Palacio había desmentido la información previa que afirmaba la aparición de Camilo Cienfuegos, informando, además, que ya se había localizado a Raúl Castro. Movimos para otras estaciones y repetían lo mismo, finalmente volvían a sus informaciones rutinarias y apagamos el receptor. Todos estábamos en silencio cuando llegamos al batey de un centro agrícola, con casas dispersas que no parecían ocupadas por gentes del lugar, sino como almacenes de aperos de labranza, maquinarias, abonos, y más allá una casa de vivienda cuyo amplio portal avanzaba un tanto hacia la explanada.

La casa había sido seguramente, la residencia de los señores expropiados y ahora era usada, según me pareció, como lugar de descanso y trabajo discreto. Frente a la misma, la explanada se prolongaba formando una pequeña pista de aterrizaje, en la cual había un avión Cessna, que era el que habitualmente utilizaba Camilo Cienfuegos.

Fidel entró en la casa, sentándose en un sofá y estirándose a lo largo, como si necesitara descanso. Oía todo cuanto se decía y pasaba la vista, sin detenerse en alguien, o se quedaba con la mirada perdida, como si estuviera estudiando los secretos de la pared, simulaba prestar atención a cuanto le decían unos y otros, sin dar respuesta alguna a nadie, más bien como si estuviera catalogando las opiniones que iba escuchando de quienes, por su jerarquía, se sentían autorizados a opinar, o decir algo.

Entró Agustín Martínez, quien dando por situado el tema a que se refería, le dijo:

-¿Qué te parece, igual que Frank País, que era tan líder como tú, porque los del 26 de Julio le obedecían más que a ti y no quedó más remedio que entregarlo? Fue el Partido -añadió vivamente – el primero que se dio cuenta, ya que él tenía muchas simpatías por los americanos y estos lo valoraban mucho, en la medida en que se iba convirtiendo el líder del Ejército Rebelde, pues tu dabas una orden y la gente iba a consultarle para ver si la aprobaba o no, antes de cumplirla, y ahora se repite la historia con éste, que tiene la simpatía de los americanos y del Ejército Rebelde. ¿Tú viste la alegría del pueblo cuando se dijo que había aparecido?

Fidel permanecía en silencio, no denotaba ni aprobación, ni rechazo, sencillamente oía y seguía en su abstracción.

Entró Aragonés y también, sin introducción alguna, como apoyándose en lo expuesto por Augusto Martínez, le decía:
– ¿Tú pensaste que el pueblo se lanzara a la calle, como lo hizo con la noticia de la aparición de Camilo?
¿No fue igual que cuando dijo que había aparecido Raúl, ¿verdad?
 

Fidel tampoco articuló palabra alguna. Eran las mismas ideas que se repetían, bajando de categoría los exponentes y de elegancia en la expresión, pero las mismas ideas machacadas, repetidas, elaboradas por alguien tras bambalinas, que se las iban haciendo entrar en el cerebro poco a poco, a través de tres personas distintas a las cuales había oído las mismas expresiones, o era un teatro por el cual se hacía aparecer que Fidel estaba siendo empujado a una decisión que ya estaba tomada, porque había nacido en él, y los demás eran únicamente supuestos gestores que servían para darle la sensación de voluntad colegiada a lo que era irrefrenable propósito en la mente del máximo dirigente.

Fidel seguía en silencio. Tenía un tabaco apagado en la mano izquierda y permanecía tirado en el sofá, con la espalda apoyada sobre el brazo derecho. Luego de

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permanecer en la misma posición un largo rato, se puso de pie y pidiendo que nadie lo acompañara, que quería estar solo, salió y comenzó a pasearse lentamente frente a la casa.

Yo me acerqué a la ventana, revisando el paisaje que me ofrecían los pequeños grupos que conversaban aquí y allá, y a cierta distancia en la minúscula pista de aterrizaje, el pequeño avión de Camilo Cienfuegos. No se me ocurrió entonces pararme y decirles a todos:

-Miren, este es el avión que estamos buscando, este es el avión de Camilo.

Quedé mudo. Nadie se me acercaba, nadie me hablaba. Fidel iba y venía como si contara los pasos. A la izquierda, otras casas rústicas que me lucieron desocupadas. Pensé que la única regularmente habitada era en la que estábamos nosotros.

Llegaron dos máquinas que habían salido un rato antes, trayendo algunas cosas de comer, que supuse habían adquirido en algún pueblo próximo y penetrando en la casa, fueron a una habitación interior, supuestamente el comedor. Muchos se movieron en igual dirección para participar de los alimentos. Yo me quedé en el mismo lugar, me sentía aislado y confundido y todos, como obedeciendo a una orden que se mantenía en silencio, no pasando de frases o palabras entrecortadas y mínimos comentarios. Solo los de más rango conversaban en pequeños grupos separados.

Bastante más tarde llegó Raúl Castro con Ramiro Valdés y alguien más. No hubo saludos, nadie dijo nada. Raúl preguntó por Fidel y, seguido de Ramiro, fue en su busca pues había desaparecido del escenario visible. La presencia e inmediata ausencia de Raúl provocó la atención de todos, el murmullo de cuyos bajos comentarios cobró el tono más alto, pero todo siguió igual, excepto que sólo quedaban al alcance de mi vista los de rango superior y personal auxiliar, todos los “notables” fueron desapareciendo.

Al poco rato, el silencio imperante hasta entonces fue roto abruptamente, comenzando a oírse voces altas, gritos a veces, exclamaciones e imprecaciones, de varias personas que se arrebataban la expresión, super imponiéndose cada vez con un tono más alto….oí la voz “tiplada” de Raúl, como es habitual cuando él quiere imponerse y hacerse oír, puse atención y no oí más a Raúl. El vocerío venía de una de las casas próximas a la residencia en que nosotros estábamos. Hubo unos minutos de silencio, y luego la voz de Fidel, como expresando una conclusión que decía, “ahí está todo, no hay otro camino”. Volvía la voz de Fidel que decía: “El pueblo es el que te condena, nosotros no, y te condena porque quieres ser más que yo, y eso lo destruiría todo y se hundiría la revolución”.

Después, la voz de Camilo que decía:

– ¡Qué carajo la revolución!, si tú sabes que esto se ha jodido por la cantidad de parásitos comunistas que tú has traído al gobierno, y que todas las acusaciones no son más que intrigas de los comunistas con los cuales yo he estado en conflicto desde hace tiempo, y no me soportan, porque no pueden manejarme.

Sonaron golpes como si fueran manotazos dados sobre una mesa, y después un golpe seco, como si un cuerpo hubiera sido lanzado contra la pared de madera. Y un balbuceo de Dorticós, que decía:

-Ya ves, ya ves – y se extendía en expresiones que solo capté a retazos. Otra vez Camilo, que decía:

-Ahí tienes a Dorticós, intrigante número uno, por entregar la revolución a los comunistas, que cuando nosotros luchábamos, era un miserable botellero de Batista,  

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aspirante a aristócrata, que se ha convertido en el abre puertas del Partido Comunista.

Ahora Dorticós, irritado, le decía:

-Te opones a todo, te disgusta todo, te atraviesas en todo. No quieres la nueva estructura del Ministerio del Interior, no quieres que se reorganicen las Fuerzas Armadas, te opones a todos y no coperas en ninguno de los nuevos planes, y es más, llevas un tiempo que estás abiertamente tratando de opacar a Fidel, y cada vez que hay un acto, tú esperas llegar exactamente cuándo Fidel esté hablando, para que se interrumpa el discurso y Fidel tenga que callarse hasta que la gente termine de aplaudirte, para después continuar. Eso lo has hecho veinte veces en el último tiempo, y tú sabes y todo el mundo sabe, que el ejército es un semillero de conspiraciones, y que lo de Hubert no fue por gusto y que tu ahí fallaste y que, si te dejamos seguir, lo que estabas haciendo, hubiera sido un desastre.

Camilo, sin darle respuesta a lo dicho por Dorticós, decía:

– ¿Tú crees, Fidel, que con tipos como éste, que no es más que un oportunista y un aprovechado, se puede salvar la revolución, cuando se pasa la vida intrigando contra los valores serios del proceso, para alejarlos del poder y forzar la entrada de los comunistas? Ese es un cretino vestido de presidente, que desde que lo trajeron trabajaba día y noche para destruir la revolución, y ese es tu consejero. “No jodas, revolución con el cabezón de Presidente”.

Volvía a oírse la voz de Fidel más irritado aún, que, atropellando las malas palabras y los insultos, terminaba diciéndole:

-Yo no te hice Jefe del Ejército para que me pagaras de esa manera, lo que eres es un mal agradecido, un sinvergüenza y un traidor, que siempre estás buscando la forma de atravesarte en mis planes y criticando cuanto yo hago. 

La respuesta era firme en la voz de Camilo:

-Carajo, son calumnias que estos intrigantes te han metido en la cabeza, quienes me han hecho tremendo paquete, y tú, de imbécil, te dejas manejar. Quédate con los comunistas, si crees más en ellos que en mí, quédate con ellos y a ti te traicionarán y te hundirán también. Tú sabes que son unos cobardes y que no pueden ver a ningún revolucionario y que son un factor negativo y extraño que se ha metido dentro de la revolución, incapaces de hacer nada por ellos mismos, solo saben actuar mediante la traición y nunca de frente. Cobardes, como a mí, que me mandaron a buscar, haciéndome creer que eras tú quien me llamaba y por eso vine a este lugar, y entonces el Ché y todos me recibieron y me hicieron entrar aquí engañado, diciéndome que tu estabas aquí esperándome. ¿Por qué no fueron ellos a buscarme para traerme preso? No tienen el valor para eso y solo se atreven a hacerlo mediante el engaño. Tú sabes bien, Fidel, de lo que son capaces estos descarados, por conseguir sus propósitos.

No hubo más diálogo. Apareció Fidel caminando con la cabeza baja y en silencio; tras él, Dorticós y más tarde Raúl y ramiro. Se oyó el golpe de una puerta cerrada con violencia y todo quedó en silencio. Fidel reanudó las caminatas frente a la casa. Dorticós, Raúl, Ramiro y otros, se sentaron en el portal de la casa dónde y cómo pudieron. Otra vez el silencio dominaba el ambiente, solo interrumpido por leves comentarios, persona a persona.

De pronto, como por arte de magia, aparecieron unos camareros vestidos de blanco, portando bandejas de abundante comida y bebida, que servían sin taza, con

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diligente eficiencia como gentes que, sin duda, eran del oficio gastronómico, y que cumplían a la perfección su función, y de pronto desaparecieron.

Yo comí poco y me acosté en un sofá que había quedado despejado en el ajetreo de la comida, y pensando que aquella situación permanecería sin definirse por muchas horas, me dejé vencer por el sueño y dormí, sin tener una idea del tiempo que había transcurrido, cuando fui abruptamente despertado por unas ráfagas de ametralladora que sonaban muy cerca. De un salto ya estaba en la ventana, tratando de determinar el lugar de donde había partido el sonido de los tiros. En la puerta estaban Raúl Castro, Abrantes y Almeida, y allá en la distancia, cerca del avión, Fidel, Dorticós y otros en medio de la oscuridad. 

Ahora sacaban de la pequeña casa inmediata a la nuestra en una parihuela el cuerpo de un hombre evidentemente muerto, cuyos brazos colgaban en abandono, que llevaron hasta el avión, en el cual le introdujeron y, viniendo de otra dirección eran empujados caminando dos o más hombres que fueron llevados igualmente hasta el avión, produciéndose unos movimientos de violencia y acto seguido varios tiros de pistola espaciados. Junto al avión se movían varios hombres en acción e instantes después aparecieron lenguas de fuego que iluminaban todo el distante escenario y envolvían totalmente el pequeño aparato, que lucía caído de frente, como si su nariz tocara casi la pista, no demorándose en oírse explosiones y crecer las llamas que parecían súbitamente alimentadas. Pensé que los depósitos de gasolina habían entrado en combustión después de las explosiones. 

Ya se habían retirado todos los hombres de las proximidades del pequeño avión en llamas y Fidel, Dorticós y sus inmediatos llegaban a la casa, donde tramaron algo. Fidel, dirigiéndose a todos y a nadie en particular, como pasando la vista para no fijarla en persona alguna, dijo:

-Bueno, ya saben, aquí no ha pasado nada, nadie ha visto nada, nadie vio nada, ya que fue el pueblo quien lo condenó, yo no, – y como si lo creyera necesario repitió otra vez – aquí no ha pasado nada, nadie vio nada.

Lucía muy agitado y hablaba con intervalos de silencio que no parecían adecuados a su habitual manera de expresarse. Entonces, poniéndose de pie, a la vez que caminaba dijo:
Bueno, vamos – cuando ya estaba transponiendo la puerta, hacia la explanada frente a la casa.

Ya las llamas habían decrecido y el fuego parecía irse extinguiendo, todos habíamos salido tras Fidel que luego de andar un trecho se detuvo y volviéndose, repitió:

-Ya saben, aquí no ha pasado nada, nadie vio nada, fue el pueblo quien lo condenó, no yo – y cuando parecía que iba a salir caminando, deteniendo su impulso, se volvió nuevamente para decir- para la historia es un héroe, que todo el mundo lo sepa bien, y que sus cenizas se repartirán por toda Cuba, ya que él es un mártir del pueblo, es un héroe.

Montó en la máquina, partiendo de inmediato.

Ya era de madrugada y hacía frío. Todos iban a coger sus vehículos y Raúl, que reparó en mí al pasar, me preguntó:
-¿Y tú con quién viniste?

-Con Almeida.

-Bueno, vete con él, -me sugirió y siguió caminando, agregando – ya sabes que 

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no ha pasado nada.

Yo me quedé en silencio, como si me hubiera tragado la lengua. Tomamos las máquinas y comenzamos a movernos, siguiendo a aquella caravana, sintiéndome un poco aturdido frente a las cosas ocurridas que ya eran hechos consumados irreversibles. Volví el rostro para ver si aún había llamas en el achicharrado avión; allí dejaba los restos de un heroico comandante revolucionario muerto en campaña contra el comunismo, y pensé que la única verdad dicha por Fidel allí era que fue un héroe.

La próxima escala fue la ciudad de Matanzas en una casa en que ya estaba Fidel, y al llegar nosotros, dirigiéndose a Almeida le dijo que tenía que hacerse cargo de la Jefatura del Ejército, ya que no podía poner a otro debido a la nueva estructura que se estaba organizando para las Fuerzas Armadas. Almeida aceptó sin objeciones.

Separándonos de los demás regresamos a La Habana sin hablar para nada de lo ocurrido, callados todo el trayecto, como si estuviéramos respondiendo a las expresiones de Fidel, que seguramente entrañaban una orden cuyo cumplimiento se respondía con la vida, “aquí no ha pasado nada, nadie ha visto nada”.  

-Ahora vendrás a trabajar conmigo – me dijo Almeida.

-No puedo, quiero terminar lo que tengo entre manos -le respondí, tratando de no llevar a discusión el tema.

Cuando habíamos partido de La Habana en el avión militar que nos trasladó a Varadero, nuestro único tema de conversación era Camilo Cienfuegos, su desaparición y su búsqueda; íbamos cargados de angustia.

Ahora, de Camilo y de su suerte era de lo único que no se podía hablar, pues ya estaba dicho: “no había pasado nada, no habíamos visto nada, el pueblo lo condenó, fue un héroe, un mártir del pueblo”. Y respondiendo a la tónica impuesta no hablamos, pues ese era el único tema obligatorio y no se podía mencionar. Regresábamos aplastados de miedo.

El silencio durante el tiempo de regreso me sirvió para ordenar las cosas que ahora, atando frases cortadas, pequeñas indiscreciones de los presentes en el lugar, las informaciones que al azar se captan, la violenta discusión que oí, más los antecedentes que yo conocía, me ofrecían un cuadro despejado de los acontecimientos, cuya escena final fue el pequeño avión en llamas.

Camilo había salido de La Habana para Camagüey para realizar una visita de inspección al Regimiento Ignacio Agramonte, que estaba bajo su responsabilidad personal desde que fue encarcelado Hubert Matos; y estando allí recibió un llamado por radio que le ordenaba dirigirse a la finca de la Ciénaga de Zapata, donde lo esperaba Fidel Castro para celebrar una reunión como había ocurrido cien veces antes en el mismo lugar, desde que la finca arrocera con su pista de avión para la fumigación, fue tomada como una estación de descanso y trabajo discreto por el alto mando revolucionario. Camilo conocía perfectamente el lugar. Sus pilotos habían descendido en la pequeña pista muchas veces, y considerando la cita como algo absolutamente normal, sin demora alguna y cambiando sus planes, se dirigió al lugar. En la pista de aterrizaje le esperaban Ché Guevara, Leonel Soto, Augusto Martínez, Aragonés, Piñeiro y otros más que le recibieron cordialmente, indicándole que Fidel le aguardaba en una de las casas auxiliares, a la cual le condujeron conversando amigablemente en medio de la mayor cordialidad. Al llegar a la puerta, esta le fue franqueada y al trasponerla recibió la sorpresa de una avalancha de hombres del G-2 allá emboscados que se le abalanzaron, dominándole y atándole los pies y manos

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dejándole allí totalmente reducido. 

El piloto fue así mismo dominado y confinado a otro de los pequeños edificios a un lado de la pista, quedando todos los prisioneros sometidos a fuerte custodia del G-2, bajo el mando personal de Manuel Piñeiro. 

Terminada la misión de reducir a prisión al Jefe del Ejército Rebelde, Ché Guevara, Leonel Soto, Augusto y Aragonés, fueron a comunicar a Dorticós el feliz resultado de su traición, recibiendo de éste las instrucciones pertinentes sobre las funciones complementarias que cada uno habría de desarrollar en lo que faltaba de la operación, quedando todos en espera de Fidel Castro para darle remate a la conjura en que sería liquidado el más heroico, sin duda, y tal vez el más limpio de cuantos valores ascendieron en la jerarquía revolucionaria a base de derroches de bravura y valor personal. 

 Almeida me llevó hasta el campo de aviación en donde recuperé mi máquina, saliendo directamente para la escuela naval.

En mi mente hacían cabriolas las llamas que habían destruido el pequeño avión y calcinado el cuerpo de mi amigo y compañero de luchas, Camilo Cienfuegos…resonaban en mi cerebro las palabras de Fidel:

“El pueblo lo condenó, no yo.” “Que sepan todos que fue un héroe, un mártir del pueblo”.

Me sentía culpable por no haber actuado en aquel momento como debí, aun sabiendo que hubiera sido inútil, pero me decía que tenía que haber hecho algo, y mil veces me reprochaba no haber actuado. Eso se piensa siempre después que las cosas ocurren y cuando ya es tarde; son decisiones de un minuto que después, por no tomarlas, sentimos su carga sobre nosotros por toda la vida. “El pueblo lo condenó, fue un héroe”…..

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