Cómo se le Pone un Vellón a Dios

Pasados los primeros meses de aquella experiencia en Paris en 1983, experiencia en la que veía a Cuba como el centro de un propósito de Dios, algo que cambió por completo el rumbo de la vida de nuestra familia que había quedado en la isla y de la cual se apoderó la angustia y la desesperación, mi madre, en busca de ayuda por la situación que estaban enfrentando conmigo, le confió al pastor de la iglesia lo que estaba sucediendo. Solo los más allegados en la familia sabían lo que estaba sucediendo.

Un buen día se dio cuenta que alguien de la congregación no había sido discreto con un comentario que en confianza le había hecho el pastor sobre nuestra situación, cuando una versión un tanto distorsionada de los hechos llegó de vuelta a mi madre. Algo normal, y aunque esa no había sido la intención del pastor, al ella saber que el problema ya era del conocimiento de quien sabe cuantas personas, en su incomodidad su primera reacción fue no querer volver a la iglesia.

Después de mi salida de Cuba era un amigo quien con mucha frecuencia pasaba por nuestra casa a recoger a mi madre para acompañarla a la iglesia, alquien que sí estaba al corriente de todo porque era bien allegado a la familia y buen amigo mío. En esta ocasión que vino a buscarla se encontró con que ella no quería ir, pero tanto insistió hasta que logró convencerla de que lo acompañara.

Es una práctica entre algunos creyentes el “ponerle un vellón a Dios”, (Jueces 6:36-40) que no es más que pedir que en un determinado tiempo ocurra un hecho muy poco probable como confirmación de algo que necesitamos aclarar, o si debemos tomar o no cierta decisión ante una situación determinada. Así fue que mi madre, camino a la iglesia, le puso un vellón a Dios. Este consistía en que si al llegar al servicio, por el motivo que fuera, el pastor simplemente no pudiera hablar ese día. Quien sabe si se decidió por aquello porque el hombre había hablado lo que no debía y ahora lo que ella estaba pidiendo es que no pudiera hablar. Está claro que de suceder así ella lo tomaría como una prueba de que yo no estaba tan equivocado en lo que les venía diciendo sobre los planes de Dios con Cuba. A mi amigo no le hizo ningún comentario sobre lo que había pensado, pero lo cierto es que no era muy probable que el hombre no predicara aquella noche pues él por lo general estaba en la iglesia y solo dejaba de predicar en caso que viniese algún predicador invitado.

Llegaron cuando ya había comenzado el servicio y lo que más le llamó la atención a mi madre fue que la esposa del pastor era la que estaba en el púlpito hablando a la congregación y a él lo vió sentado. Por supuesto que la curiosidad era mucha y sin pérdida de tiempo le preguntó a la persona al lado de la cual se sentó, por qué el pastor no estaba dirigiendo el servicio. “Él estaba predicando pero de pronto comenzó a sentir malestar en la garganta y estaba tan incómodo que no pudo continuar, por lo que la esposa tuvo que seguir con el servicio”. Esa fue la respuesta, cuando algo así era tan poco probable que sucediera y mucho menos aquella noche precisamente en que ella había venido con tal petición.

Para los que no sabían qué era un vellón, ya lo saben y además cómo utilizarlo. Mi madre había tenido la respuesta a su pregunta, y hasta le vino bien que el pastor lo hubiera comentado con otras personas, pues de no ser así ella no hubiese hecho la pregunta con tanta convicción y seguro que hubiese tardado mucho más tiempo en tener esa confirmación que tanta falta nos hacía a todos.

Aquella experiencia nos ayudó mucho, pues a partir de ese instante fue visible el cambio que hubo en ella y en los demás de la casa, pues gracias a ello había cambiado su percepción de lo que yo les venía diciendo. Ya no me rechazaba como antes sino que comenzó a enfocarse más en esa posible realidad que Dios nos mostraba, la que se convirtió en un motivo más en sus oraciónes.

Fue muy positivo el cambio que se operó en nuestra relación, aunque de vez en cuando se hacían sentir los efectos de la separación, más que nada en mi hermana cuyo esposo también se había ido dejando detrás un niño pequeño y era ella sobre todo quien no veía que mi visión de fututo fuera la solución inmediata a la necesidad de su matrimonio. En realidad no lo fue, pues al parecer antes tenían que suceder otras cosas que a mi entender eran inevitables, si no era por un motivo lo sería por otro pero que sin duda iban a ocurrir. La desesperación a veces hacía olvidar las confirmaciones recibidas porque no se veía la más mínima señal de cambio en el horizonte.

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